El síndrome Marco Polo.

por Rafael Balanzá

O el denodado empeño de algunos empresarios por descubrirnos China a los europeos que podría ser el subtítulo más apropiado para este artículo. Lo digo, claro está, por Juan Roig, presidente de Mercadona, que acaba de señalar a los bazares chinos como el más bello paradigma de valores tales como la constancia, el esfuerzo y la fervorosa dedicación al trabajo. Cuando hace unos meses un periodista consideró que lo que yo pudiera opinar sobre la penosa actualidad de nuestro desgraciado país resultaba de interés público, se me pasó por la cabeza oponer una supuesta tradición mediterránea -basada en la contemplación, la sensualidad y la creatividad- a otra clase de culturas organizadas en torno al eje de la producción y el trabajo. En este último baúl me caben juntos y revueltos, como adivinará el lector, los chinos y los calvinistas. Después de todo, ¿no sirven por ahí almejas con espuma de chocolate y limadura de platino? Pues yo sirvo chinos con calvinistas y me quedo en la gloria. Curiosamente, a vuelta de página en aquel mismo diario Arturo Pérez Reverte, que los tiene más blindados y cuadrados que nadie, decía que ya era muy viejo para ponerse a estudiar chino. Algo que suscribo plenamente: con todo mi respeto y admiración por Oriente (la verdad es que lo japonés me tira más) renuncio a la sinología como vía de escape a nuestras miserias.

Y también (ya que me pongo) renuncio al capitalismo, a sus pompas y a sus fastos. Soy más bien de izquierdas, aunque no sé de qué jodida izquierda estaríamos hablando. Ese es el problema que siempre tenemos los anarquistas platónicos en España; condenados a perder la guerra por nuestra cuenta y a ser fusilados por los dos bandos. De todos modos, ahí va un símil que será un intento de explicarme tan vano como cualquier otro. Al póquer se puede jugar o no jugar. Y la primera opción nos aboca a otra disyuntiva: jugar bien o jugar mal. He dejado claro, me parece, que a mí no me gusta el póquer (el capitalismo) pero ya que nos obligan a jugarlo, podríamos intentar hacerlo con cierta racionalidad. Durante los años de los primeros gobiernos populares (con Aznar haciendo para el ventrílocuo George Bush de cuervo Rockefeller en las Azores… os acordáis, ¿verdad?) España jugó muy mal al póquer, proyectando su economía hacia una especie de segundo desarrollismo ladrillero. Luego vino un incompetente progre llamado Zapatero y lo puso todo mucho peor, abundando en el mismo ladrillo hasta que reventó y gestionando luego la crisis como los avestruces gestionan su miedo a los leones. Aunque eso sí, dándole a la fiera libertaria española su ración de carnada: matrimonio gay –no estoy en contra, pero es una chorrada-, aborto a tutiplén y otras porquerías que consumen con deleite los anarco-burgueses que suelen votar al PSOE.

Pero no es el desastre culpa únicamente de los políticos. Una ciudadanía ignorante, ensoberbecida y perezosa, que se cree con derecho a todo y obligada a nada; unos sindicatos rancios y miopes; una clase empresarial filistea y rutinaria, completan el bello paisaje que ahora contemplamos en todo su esplendor y su grandeza: más de cinco millones de parados. Este es el país, amigos míos, que estaba en el grupo de cabeza de Europa. La gran potencia pletórica de magistrados justicieros que redimirían al planeta y a la galaxia entera de las injusticias de la Historia Universal. El espejo en el que se mirarían para siempre todos los países en transición política etc.

Y creo que siguen recortando en investigación y ciencia estos necios, estos majaderos, estos idiotas que justificada y democráticamente nos gobiernan.

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