Anastasie Samuel y su librería de viejo

por Alvaeno

El misterioso libro

Las hojas de las palmeras se agitaban como bailarinas extasiadas en una danza infinita sopladas por el viento que feroz ululaba como un desposeído de la razón. Al fondo de la pequeña calle apareció la negra silueta de una persona. En la solitaria calle, azotadas por el viento, las farolas creaban una tenebrosa escena de figuras chinescas. El agua caía con fuerza precediendo a otro diluvio, menos bíblico. La figura se fue haciendo enorme al ir acercándose. Un hombre de dos metros de altura, con el rostro redondo, los ojos entrecerrados por efecto inconsciente, las manos dentro de la gabardina de color gris oscuro. Los labios cerrados en un rictus casi beatífico, las mandíbulas apretadas como queriendo retar al viento y la lluvia. Su sombra se hizo omnipresente y zigzagueando se deslizó hasta la esquina. Las hojas de las palmeras siguieron su danza endiablada como bailarinas rusas en decadencia que han trasegado alguna botella de vodka.

Cien metros más abajo, el viejo librero decidió dar por acabada su jornada laboral, aunque él era de esos lectores empedernidos que viven, trabajan, y mueren por la literatura, lo único que le había faltado, al viejo librero, había sido haber tenido la capacidad de escribir, cosa que no pudo ser posible, sin embargo era un lector incansable, un roedor de galeradas como el viejo Borges, un infatigable lector ávido de lectura; por ende, leía, leía, casi las veinticuatro horas del día.
El viejo librero apagó las luces de su pequeña librería. Cerró la puerta con llave un día más, llevaría unos catorce mil seiscientos días haciendo la misma operación. Pero esta noche se ha entretenido algo más por haber recibido la visita de un escritor amigo de todos los tiempos, escritor que le ha dejado un misterioso libro, al menos eso es lo que le ha dicho: -Toma este libro Anastasie, y guárdalo bajo llave, es un libro muy valioso, pero no lo vendas, ni lo entregues a otro que no sea el doctor Paterson. Y luego de despedirse se ha ido, él se ha quedado como siempre ordenando la tienda, si a eso se le puede llamar orden, porque en la librería de viejo impera el caos, como si allí se hubiera dado cita el universo entero que se construye y destruye constantemente como ya dilucidaron entre otros: Heráclito, Demócrito y Ovidio.

La mole de dos metros con el rostro entre infantil y alelado, saca la mano del gabán empuñando un revólver, y, sigilosamente, dejando su sombra tras él como una espía misteriosa, se acerca a la librería de viejo. El viejo Anastasie termina la operación de cerrar y dando media vuelta, sin intuirlo, encara al mazacote que con el rostro algo desencajado le apunta con la pistola.

-Déme el libro que le han entregado hoy- amenaza nervioso, debatiéndose entre el mal y el bien, o al menos entre lo que el gentil mastodonte entiende por ello.
-¿Qué libro ni diablos?- dice el viejo librero sin inmutarse como si su asaltante fuera un personaje de ficción y él el escritor que lo ha creado y tiene el absoluto control sobre el mismo.
-No se haga el valiente y déme el libro, no se lo diré más- vuelve el matón a la carga, temblando si cabe, aún más. Las hojas de las palmeras siguen en su danza infinita arrebatas ya de razón, y fundiéndose en un éxtasis sideral en los brazos del viento que grita en una especie de orgasmo cósmico: Eolo ha seducido a las Pléyades.
-No sé de qué me habla- encara el viejo al grandullón y sin más se da media vuelta y sigue calle abajo perdiéndose al volver la esquina. El matón queda atónito debatiéndose entre el miedo a disparar, o enfrentarse a su jefe, que lo descuartizará por no haber conseguido lo ordenado. Pero, de todos modos, se dice el gigante, me descuartizaría porque si disparo a ese viejo testarudo no tendré el libro, y sin el libro mejor no aparecer ante el señor Seen.
El mazacote sigue debatiéndose en su dilema mientras el viejo librero entra en el café Las aguas. Afuera, las palmeras, arrebatadas de pasión como amantes enloquecidos por el sexo, sucumben al atroz abrazo del viento. La lluvia deja gotas transparentes en las ventanas de la taberna de Las aguas. Anastasie Samuel saca el libro de debajo de su abrigo, lo abre y en la portada lee: «¿Tienes tú el bello gusano del Nilo ahí, que mata y no hace daño?

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