Cómo conocí a … Jesús Arroyo

por Alvaeno

Conocí a Jesús Arroyo en el salón de actos de la casa de la cultura de Fuengirola, estaba acompañado por el poeta malagueño Manuel Alcántara, y por otro poeta que ahora no recuerdo su nombre, que me perdone éste el olvido. De Jesús había sabido a través de algunos blogs y revista digitales, y aquel día decidí ir a ver el recital poético que estos tres poetas nos tenían preparado por gentileza de Unicaja y del Ayuntamiento de Fuengirola. Estuve un rato hablando con ellos antes de que comenzara el acto, luego pasamos dentro y pude disfrutar de un recital donde la poesía escrita con tres estilos bien distintos fue la protagonista. A partir de ahí comencé a tener más contacto con Jesús, al que también le hice una entrevista con motivo de la edición de su poemario Contracaminante del que escribí este breve reseña:

Caminando a la contra

Jesús Arroyo nos invita con su poemario “Contracaminante” a practicar el ejercicio de contracaminar, que es muy sano para la salud, sobre todo para la mental, en estos tiempos en los que nos ha invadido la idiotez supina, no hay nada mejor que luchar a la contra, y caminar por los caminos que Arroyo nos propone a través de su poesía.
“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, nos decía Machado, y el poeta asturiano nos invita a: “Quiso comprar billete a la aurora/ y no encontró taquilla abierta.”
Contracaminar para deleitarnos con el dorado hilo que deja en el aire por unos segundos el escanciado de la sidra asturiana: “Alzas el brazo, / una botella verde sin etiqueta, / mantienes el pulso, / bajas el cuello de la redoma/ con una lenta danza de muñeca, / te aseguras, / el vidrio se tercia entre los dedos/ y un cordón dorado desciende,/ cascada de oro y manzana,/ para romper en la pared el vaso…/”
No hay duda de que Jesús Arroyo lleva por sus venas la tierra que lo vio nacer, y recorriendo el camino a lomos de estos versos de “Contracaminante”, podremos descubrir caminantes azarosos, refugios, bares, hielo, nieve… Y el contracaminante ya con el viento racheado pegando de frente descubre que existe: “Nunca fuerces la insistencia, / todo, hija mía, llega en esta vida/ y lo importante es recordar que existes.”
La belleza de estos versos radica, según mi opinión, en la sencillez de las palabras que Arroyo utiliza para construir ese mundo por el que contracaminamos en pos de un ideal, el nuestro, el de cada uno, el de la existencia, el de superar lo cotidiano para no ser engullido por la rigidez del plano repetido y de ese tedio que lo mancilla todo.
Tras la lectura de este poemario uno tiene la sensación de haber sido curado y alejado de los temores que en cada rincón acechan, también en el poemario de Jesús se descubre que el miedo somos nosotros mismos, que está junto a la silla, en la cama, o en cualquier lugar a donde miremos estará esperando a invadirnos, y a modo de antídoto los poemas que componen este excepcional preario nos curan, nos salvan, nos descubren que “¡Adiós! Entonces, / esperan fronteras abiertas para una nueva vida.”

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