Recuerdo el 23F como si fuera ayer. Mi madre me había llevado al ambulatorio que había a dos manzanas de casa para cumplir con mi pauta de vacunación. “Más vale que os volváis pronto a casa…”, dijo, enigmático, el practicante. Mi madre todavía no sabía nada, pese a estar casada con un periodista. Serían las 8 de la tarde. En efecto, volvimos a casa y pusimos la tele y la radio, como tantas familias de España. Mi padre se quedó en la redacción del periódico hasta bien entrada la madrugada. Vivíamos en Alicante y Milans del Bosch había sacado, en Valencia, los tanques a la calle. El aire del suave invierno levantino estaba compuesto esa noche de oxígeno, nitrógeno y miedo. A cada hora que pasaba, había miedo en mayor proporción.
El otro día seguí durante un buen rato la serie de televisión española basada en el libro de Cercas “Anatomía de un instante”, que no he leído, aunque seguro que es tan bueno como dicen, ya que Cercas es sin duda un brillante escritor. El caso es que, ya con la luz apagada, esa noche mi imaginación voló a aquellos años tan lejanos; que ahora son materia de estudio para los aspirantes a historiadores, como mi hijo. Mirados con esta distancia, yo diría que los asesinatos de la miserable ETA fueron en realidad los últimos crímenes de nuestra infame Guerra Civil. Porque guerra y dictadura forman un ciclo histórico indisoluble. El giro verdadero, la ruptura, precisamente vino con la Transición. Los tiempos viejos y nuevos se solapan. La historia se devora a sí misma. Por eso nos cuesta un poco pensar que aquellos veranos felices en que una avioneta sobrevolaba Alicante con la última matraca de Georgie Dann, esos mismos tiempos en que Alaska cantaba “A quién le importa” y Mazinger Z poblaba nuestra imaginación de brutos mecánicos, la época despreocupada en que empezábamos a saber lo que era cenaren una hamburguesería, fueron también los peligrosos años de plomo que sembraron las calles de España de cadáveres uniformados.
Había miedo, y la velocidad de los cambios producía vértigo, pero teníamos la sensación de avanzar. La última sangre de nuestra eterna guerra salpicaba el asfalto y las pantallas de televisión, pero también había ilusión y cierto entusiasmo. Ahora vivimos en una sociedad mucho más apática y deprimida. Estaría bien que los chavales de la generación Z que votan a VOX vieran esta serie, pero no caerá esa breva. Los chicos de ahora ya no ven la tele. Se pasan el día en el puto TikTok. Como me hago viejo a marchas forzadas, entiendo la preocupación de Felipe González. Podemos jugar con todo, pero no con las instituciones que costó tanta sangre y sudor levantar. No con la Constitución. Javier Cercas nos dejó hace un par de años un titular magnífico: “Todos somos socialdemócratas, incluso el PP.” Tiene mucha razón. Entonces, ¿por qué tanta crispación política? Muy sencillo: porque una generación de majaderos (la mía) quiere encontrar en ella –en la política- la solución a su miseria y a sus frustraciones vitales y personales. Y es una pena, ya que en este mundo convulso resulta que nosotros lo tenemos casi todo a favor. Nuestro petróleo (el turismo) no se agota, y estamos logrando una razonable integración de los inmigrantes, muchos de los cuales comparten nuestra cultura y nuestro idioma. Pero ya veréis como logramos reventarnos el futuro a fuerza de pura subnormalidad, de histeria política y de populismo.


