En los años de mi fantasiosa y desgalichada preadolescencia, veía en la tele una serie sobre una base lunar en la que a Martin Landau y a otros intrépidos astronautas les pasaban cosas muy raras. Maya, una chica capaz de transformarse en cualquier bicho de la galaxia, siempre estaba ahí para solucionar los problemas. La serie se llamaba Espacio 1999, algunos cincuentones de la segunda edad y media os acordaréis.
El caso es que entonces pensábamos que los coches voladores y los robots gigantes estaban a la vuelta de la esquina. Sólo había que ver Mazinger y Blade Runner, claro. Ahora parece que, por fin, los robots van prosperando en China, pero aquí tardarán en llegar y a lo mejor yo ya no lo veo. En cuanto a coches voladores, sé que hay algunos drones salidos de madre. La IA fue anticipada por Kubrick en 2001. Pero otros pronósticos han terminado en fiasco: ni teletrasportación ni mochila voladora. Y si no se dan prisa Elon Musk y su compinche, el presunto pedófilo naranjito, tampoco llegaré a tiempo de poner los molledos a remojo entre las burbujas de un jacuzzi lunar antes de morirme. Total, que como se suele decir, el futuro no es lo que era.
Por otra parte, a las redes sociales nadie las vio venir. Y debo decir que, después de todo, mi cuenta de X (aunque a veces me quejo en casa, y le digo a mi mujer que voy a desengancharme de tanta mala leche y política agria) me da bastantes satisfacciones. La verdad es que, para mí -que ya no soy un preadolescente y sé dosificar y desconectar profilácticamente cuando me hace falta-, se trata de una experiencia positiva y valiosa. Todavía recuerdo cuando la jefa de prensa de Siruela me aconsejó que me abriera una cuenta en lo que entonces se llamaba Twitter. Así lo hice, y no me arrepiento. No es una cuenta multitudinaria pero, según el análisis de la IA, proyecta un perfil de “gran autoridad”, por la calidad de mis seguidores. Dice, incluso, que soy de los pocos capaces de marcar agenda, que es mejor que marcar paquete, supongo. En un plano más humano, confieso que me cuesta ya pensar en mi vida sin tan buenos amigos y amigas como Ana Cid, Juan Mastral, Pablo Escudero, Mar Ortiz, Cristina P. Escribano, Pepe Montijo, Yo Paco… (Sé que incurro en algún olvido imperdonable). En X he conocido a un tipo tan extraordinario, singular persona y ensayista brillante, como lo es el gran Rafael Narbona. No sé si me fascina más su calidad como escritor, su cultura bibliófila o esas contradicciones, excesos y paradojas de su carácter que él mismo admite. La cotidiana compañía del medievalista más ilustre de nuestra generación (Alejandro Rodríguez de la Peña), de la poeta más notable (Raquel Lanseros), del intelectual más insumiso (Luisgé Martín), del doctor Fernández Hinojosa (médico humanista, otra mente preclara), sin olvidar al principal filósofo de nuestra época, Javier Gomá… es un privilegio que aumenta insospechadamente la riqueza de mis días.
En la otra cara de la moneda, el presente-futuro nos ha devuelto a la guerra, nos ha condenado a la alienación generalizada, al hundimiento moral y espiritual de Occidente, al declive de la democracia liberal, entre lo woke y lo neofacha, y a ver en la Casa Blanca a una versión grotescamente testosterónica de la Reina de Corazones. No todo podía ser bueno, claro. ¿O es que estamos en el futuro que no era?


