El deseo de ser atlante

por Rafael Balanzá

 

La vida es estúpida… estúpida y trágica. La frase no es mía, sino de Woody Allen. La puso El País como titular para una entrevista. Desde que la leí, la repito a menudo como un mantra. Luis Mateo Díez, un poco más indulgente, considera que la vida es simplemente “incómoda”. Yo (qué queréis que os diga) me siento más cerca del sumidero de mierda del que habla Luisgé. Y por eso vivo mi falta de fe (en el hombre, en Dios, en la otra vida) como una verdadera tragedia. Lo que no me impide masticar sushi a dos carrillos cuando se presenta la ocasión. Homo sum… Y como dijo Pascal, “Quien quiere hacer el ángel, hace la bestia.” Así que yo me conformo con ser humano, demasiado humano. A veces creo que Dios es más poderoso que su Oponente; otras veces pienso lo contrario -como Juan Cáceres en “Los asesinos lentos”-, pero la mayor parte del tiempo me limito a echarlo tanto de menos como Julian Barnes.

¿Y qué tiene que ver todo este sermón elegíaco-existencial con el hecho de que en febrero Algaida–una gran editorial con la que estoy sinceramente encantado- publique mi novela “Muerte de atlante”? Pues… todo y nada. Debería estar ilusionado o sentirme optimista, pero más bien me identifico con aquel protagonista de Pirandello que queda atrapado en el papel de Enrique IV. Mi vocación de escritor siempre fue auténtica, no una impostura, como la de tantos mediocres periodistas. Antonio Ruiz suele recordar que en el patio del cole ya reunía a un nutrido grupo de oyentes para contarles “cuentos de risa y miedo”. Lo que sucede es que se me están pasando las ganas de inventar historias. Es un poco the dream is over, lo que me pasa. Quería ser escritor cuando las reglas del juego eran las que todavía sirvieron a Javier Marías para vivir malhumorado, fumando, sin Twitter y aporreando las teclas de una vieja máquina. Ahora preferiría haber sido toda la vida ebanista y no haber soñado nunca con otra cosa. Me han cambiado el decorado, como les pasa a los cantantes de “Una noche en la ópera” de los Marx. Venía a entonar mi aria en un romántico castillo, y de pronto me veo en una estación, o en unos urinarios… Dice Félix de Azúa que él conoció un mundo literario hoy perdido para siempre, como la Atlántida. Yo soy más joven, pero en esta novela cuento algo parecido. Pertenezco a una generación que incluye la literatura en la misma categoría que la moto GP o MasterChef. Es decir: un vulgar entretenimiento. Y no creáis que no sé lo que tendría que hacer para fundir las cajas registradoras, pero el enano rebelde y pretencioso que vive en mi pecho -o en mis huevos- me lo impide.

En la editorial en la que publicaba antes lo hacían también dos escritores de mi propia generación, muy exitosos ambos, muy del gusto mayoritario. Me resultaban simpáticos -especialmente uno-, aunque nunca llegué a tratarlos personalmente. Los dos han muerto. Uno de un ictus, el otro de un infarto. Y yo, indócil, cabreado, metafísico… sigo aquí, condenado a ser escritor. Sí: la vida es estúpida. Estúpida y trágica. Esta es mi mejor novela desde la del premio y creo que, además, podría funcionar en el mercado. Al menos es lo que pienso ahora. Lo malo es que la vida -además de estúpida y trágica-, suele ser decepcionante. Veremos qué pasa.

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