Espinosa Situación

por Rafael Balanzá

Estoy escribiendo estos días con sorprendente entusiasmo. Hace poco pensaba que eso ya no sería posible, pero he encontrado un tema que de verdad me subyuga. Escribir ya no es una necesidad vital, ni un impulso espontaneo como lo era antes, aunque me sigue gustando. Me gusta… una vez que me pongo. Lo que me cuesta es ponerme. Muy a menudo -casi siempre, últimamente-, tengo que obligarme. Podría deciros que antes era escritor porque escribía; ahora más bien escribo porque soy escritor.

Empecé a emborronar con letra apretada hojas cuadriculadas, a bolígrafo, hace algunos decenios. Me sentía como un misionero entonces, o como un descubridor.  Había, incluso, cierto aliento profético en mi vocación. Tenía algo que gritarle al mundo, y eso era más importante que ganar dinero haciéndolo. Era más importante, de hecho, que cualquier otra consideración. Lo que pretendía revelar, lo que debía desprenderse de mis ficciones, lo había dicho ya Kierkegaard en el siglo XIX y nos lo recordó Camus en el XX: “Hay que destruir toda esperanza terrenal para que nos salve la esperanza verdadera”. Es decir, ni la amistad, ni la política, ni el sexo, ni los viajes son la respuesta. Ni siquiera la cultura o el yoga. Hay que mirar más allá de las cosas mundanas o resignarse a vivir en la basura. Hay que elegir entre Sócrates o Diógenes. Lo que ha desaparecido con los años es la convicción sobre la importancia de ese mensaje a transmitir, y lo que queda es el confort del mensajero. Estos días he escrito algo para otro lugar acerca de mi paisana, la enigmática Mar de Marchis, fundadora de Jot Down. Y eso me ha llevado –no me preguntéis por qué extraños vericuetos- a pensar otra vez en mi también paisano Miguel Espinosa. Fue un solitario y un resentido, no cabe duda. Pero tampoco cabe duda de que destiló gran literatura de su resentimiento, como Thomas Bernhard. Espinosa pasó sus últimos años recluido en su eremitorio de la calle Capuchinos; un bastión con olor a tabaco, forrado de carpetas y hojas mecanografiadas, y protegido por persianas defensivas, un piso de Murcia, en el barrio de El Carmen, al que sólo podían acceder unos cuantos elegidos, como el gran Eloy Sánchez Rosillo, que fue unos años más tarde profesor mío en la facultad.

Espinosa murió a los 55 años de un infarto previsible, casi programado, con un premio de consolación –el Ciudad de Barcelona- pero sin haber llegado a vender más de unas docenas, o quizá unos centenares de ejemplares. Tuvo que leerlo Arrabal para convencer a otros de que valía la pena. Unos años después, el mismo Arrabal, en la misma Murcia, me iluminaría a mí con su pánica linterna. Lo cierto es que me ha ido bastante mejor que al autor de “Escuela de mandarines”. Tal vez haya dejado de creerme portador de un gran mensaje, pero la escritura es un buen MacGuffin vital y el relumbrón literario sigue funcionando como máscara social y tapadera. Ahora veo que no valía la pena intentar guiar hacia alguna posible verdad a una generación de mamarrachos, políticamente polarizados, descreídos, frustrados, majaderos que empiezan a ser ya triste y grotescamente ancianos… La cara de esa cruz, la contrapartida de ese fracaso, son los 30 años que llevo haciendo, más o menos, lo que me da la gana. Lo malo es que a juzgar por Bernhard y Espinosa, vivir despreciando a tus paisanos no te hace muy longevo.

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