La península de las novelas vacías

por Rafael Balanzá

Fernando es amigo mío desde la época del colegio de los jesuitas, en Alicante. Medio siglo de amistad, figuraos. Juntos hacemos un siglo completo de vida y de lecturas. Casi nada. No nos llega la camisa al cuerpo, si lo pensamos. Y por eso no lo pensamos. Más bien nos reímos y bromeamos sobre las noticias de la semana, e incluso nos divertimos imaginando un próximo apocalipsis; y fingimos ser preparacionistas, de esos que se arruinan construyendo un refugio inútil con filtros de aire, latas de sardinas y todo lo demás… Fernando y yo nos vemos con bastante frecuencia, pero cuando no puede ser así, al menos nos llamamos y hablamos largo y tendido. Una vez al mes como mínimo. Es funcionario de la hacienda valenciana. Pura anécdota, creedme. En realidad se trata de un perspicuo intelectual de mente inquisitiva; es un ávido y omnívoro lector. En la última conversación, me preguntó qué pensaba yo del fenómeno editorial del año, y entonces tuve que confesarle que no he leído ese libro ni pienso hacerlo. “¿Y por qué no?” Me interrogó, con la espontanea confianza de toda una vida.

“Mira, Fernando, ya somos hombres mayores, ¿verdad? Te voy a confesar algo, aunque no sea muy bonito. No solo tengo pelos blancos arriba, ¿sabes? También empiezo a tener algunas canas por ahí abajo…” Con esto, lo que le estaba insinuando (supongo que lo habéis pillado) es que no nos queda ya tanto tiempo por delante, ni a él ni a mí, y hay que ir seleccionando muy bien las lecturas. Recuerdo aquella época lejana -la de los trilobites, más o menos-, cuando sonaba La Unión o Gabinete Caligari en todos los bares… Saltó una noticia estupenda. Un tal José Ángel Mañas iba a ser la gran figura canónica de nuestra generación. No había que buscar más… Pero siguieron buscando. Los muy hijos de puta buscaron y buscaron sin parar. Y a Mañas lo siguieron muchos, muchísimos más, de Pedro Maestre a Lucía Etxebarría… E incluso un tal Balanzá, que se subió a la parra durante un par de meses, con no sé qué premio de un café que le entregó George Clooney. La intemerata, o sea, como se decía antes. “Mira, Fernando –continué, con mi repelente tonillo didáctico y mi típica superioridad moral-, si lo de este chico es realmente importante, como vamos a sobrevivir en nuestro refugio ABQ de los túneles del Maigmó, pues allí dentro, durante el apocalipsis, ya tendremos tiempo de leerlo, ¿no?” Risas duplicadas, de smartphone a smartphone.

No es un desprecio a priori, de verdad. Le deseo lo mejor a este joven narrador, podéis creerme. Y me alegro de que haya pasado de pobre a rico, sin salirse de la república, ni de la península. Es que me acuerdo de la escena del camarote, cuando se presenta el fontanero gordo y Groucho le dice: “tenía el presentimiento de que iba usted a venir”. Pues eso. Yo también tengo mis presentimientos. No hace falta inspeccionar el pañal para saber que el nene se ha aliviado. Basta el olfato. Creo que si hubiera leído el libro, pensaría más o menos lo mismo que el relapso y perspicaz Alberto Olmos. ¿Guerra Civil + realismo mágico de stock? No, gracias. Puede que sea genial, no lo dudo, pero me pilla muy viejo. Además, por brillante que sea, no cambiará el triste hecho de que vivimos en la península de las novelas y las mentes vacías. Título, por cierto, más poético (¡no me lo negaréis!) que el primero que se me había ocurrido: la península de los subnor… Bueno, ya me entendéis: un título malsonante.

Más por Conocer. Apre(h)ender al autor. Rafael Balanzá

Más por Conocer. Apre(h)ender al autor. Rosa Lentini

Conocer al Autor República Dominicana

Dequevalapeli