La verdad de las mentiras

por Rafael Balanzá

Hace unos días leí el siguiente titular en El Español: “La novela sólo es un peldaño, no te puedes conformar con la ficción”. Era el director, Pedro J. Ramírez, quien se dirigía a un joven y pituco periodista que acaba de publicar su primera novela.(No te enfades, Daniel, no tengo nada contra ti, sé que eres poeta galano de alguna nombradía, y el respeto irá creciendo parejo con los méritos que agavilles). Queda bastante claro, pues, el desdén de Ramírez (Ramírez el viejo) por la ficción, como cosa menor o de espíritus infantiles. Tiene gracia esto, viniendo de alguien que durante años mantuvo teorías conspirativas sobre el 11M, un claro ejemplo de pura ficción narrativa. Es sorprendente lo mucho que pueden revelarnos las fábulas. Imaginemos (y me sitúo ahora, como novelista, en ese denostado ámbito de lo imaginario) a un conspicuo varón que, en privado, disfrutase haciendo de sumisa doncella con un disfraz grotesco; divulgarlo sin su consentimiento sería condenable, sin duda, pero también revelador; porque ese ficticio sujeto no estaría haciendo otra cosa que sucumbir a sus fantasías. Y traigo esto a colación no por un suceso concreto –como algún malicioso lector pueda suponer- sino como ejemplo de la importancia de la imaginación, que muy a menudo (omejor dicho, SIEMPRE) constituye el centro verdadero de nuestras vidas.

Pero, indaguemos un poco. ¿Por qué ese creciente desdén por la ficción? Quienes me hacéis el honor de seguir este blog, esa insumisa e inmensa minoría, ya estáis bien informados de la realidad, sin embargo, repitamos lo dicho en otras ocasiones una vez más: después de una desastrosa primera mitad del siglo XX, y desde antes de la muerte de Franco, España atraviesa un periodo de confort físico y prosperidad (he dicho PROSPERIDAD, sí, a pesar de las crisis económicas) nunca antes conocidos. Además, superadas las convulsiones de la Transición, a esto se sumó una estabilidad política inédita. Ya vivimos, de hecho, amparados por la Constitución más duradera de nuestra historia. Sin embargo, toda moneda tiene dos caras. La cara triste de esta prosperidad es que España es hoy, por encima de todo, un país de subnormales. Empleo este término adrede, con toda la intención, para que la aguja penetre más hondo cuanto más fina sea la piel del paciente a vacunar. Subnormal, en nuestro idioma, y con el diccionario de latín en la mano, sólo quiere decir por debajo de lo normal. Por debajo, ¿en qué? En sensibilidad, en inteligencia, en integridad. Pero hay que notar enseguida que no todos los subnormales avanzan siempre a la misma velocidad. Estos días prolifera la subespecie del subnormal pragmático y positivista, que desdeña la literatura. Pero hagamos un poco de historia. Antiguamente, se consideraba que el periodismo era importante, e incluso vital en una sociedad abierta, por cuanto informaba de lo que sucedía, con rigor profesional; sin embargo, existía cierto consenso en que la literatura, su hermana mayor, era todavía más relevante, por su trascendencia. El periodismo cuenta lo que pasa, y a corto plazo eso es lo que más nos importa. Pero la literatura nos cuenta lo que somos, y en una perspectiva más amplia y decisiva, nada puede ser más importante que eso. Vargas Llosa escribió todo un hermoso ensayo (“La verdad de las mentiras”) para demostrarlo. ¿Y por qué me acuerdo yo de todo esto ahora? ¡Ah, sí! Porque soy uno de esos capullos que se conforman con la ficción.

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