Escribir, tal vez publicar

por Rafael Balanzá

Viene siendo el poético nombre de este blog desde hace más de 15 años. Tal vez inapropiadamente poético para una bitácora tan ácida y a menudo tan amarga como esta. No sé si mis post mensuales son mis colaboraciones más difundidas, pero las considero, sin duda, las más trascendentes, porque digo en ellas, en mayor medida que en cualquier otro lugar, mi verdad más verdadera. Y sé que los lectores realmente fieles esperan que sea aquí precisamente, en mi blog, donde anticipe las novedades más importantes.

Pero, ¿hay acaso novedades importantes? Pues… sí que las hay. Por ejemplo: Luisgé Martín publicará un libro próximamente, noticia de gran calado y del máximo interés para mí, que me llega por obra y gracia del director de esta web. Mientras todavía hervía de indignación la mitad más hiperventilada de este país (por la audacia del autor, al dar la palabra a un asesino al que todos aborrecemos), le propusimos una conversación sobre libertad de expresión, nada menos. En nuestro portal, por supuesto. Y eso en tiempos en que la libertad de expresión no le importa a la gente tanto como las lavativas contra el estreñimiento severo, o las virtudes del Satisfyer para mitigar los efectos nocivos de la soledad elegida y de la lucha contra el heteropatriarcado. Por cierto, ahora que lo pienso… ¿No deberíamos sustituir ese viejo y caduco derecho (la libertad de expresión, quiero decir) por estos otros, mucho más actuales y necesarios, incorporándolos a nuestra Constitución?

Y hablando de mí mismo… también podría haber novedades este próximo otoño. Porque 40mil palabras juntas, si tienen algún sentido, por remoto que sea, ya pueden hoy, sin el menor filtro, convertirse en libro. Lo que me lleva a una interesante cuestión en la que estuve pensando en la playa el otro día. No sé si los varones de mi generación son tan retrasados porque no leen novelas, o más bien no leen novelas porque son así de retrasados. Y para mejorar todavía el panorama, los pocos que sí las leen suelen elegir, precisamente, historias para lerdos. ¿No es todo una pena?

Por otra parte, hay que volver a decirlo aunque duela: para un escritor que no sea un superventas, el panorama no es lo que se dice halagüeño. Si te pagan un anticipo (y digo esto por propia experiencia) la cifra no será como para montar una fiesta de confeti y matasuegras, aunque si tienes un prestigio consolidado al menos puedes fantasear con la importancia de lo que haces, y soñar con la posteridad –in posterum, que decían los clásicos-; suponiendo, claro, que ningún cataclismo (guerra con Rusia, incendio universal, virus incontrolable) acabe con la civilización antes de que la civilización acabe consigo misma. Pero si ni siquiera gozas de verdadera relevancia cultural, o sea, si eres sólo uno de esos pringados a los que exprimen las editoriales pagándoles el jornal de un mes por un año de trabajo, debes saber que tu “literatura” será nula para quienes cortan el bacalao en lo que queda de las ruinas de lo que un día fuera la república de las letras. Es decir –para que lo entiendas tan clara y distintamente como Descartes-, que no tendrás la bendición de los mejores entre tus pares, ni dinero… ¡ni tampoco fama! Cualquier youtuber o mediano tatuador será mucho más célebre que tú. Y conste que no digo esto para desanimar a nadie. ¡Feliz verano!

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