Obscenidad

por Rafael Balanzá

La frase más inhumana y obscena de la historia de la literatura, la escribió (cómo no) Louis-Ferndinand Céline. Está en las primeras páginas de “Viaje al fin de la noche” y reza así: “Para que el cerebro de un idiota se ponga en movimiento, tienen que ocurrirle muchas cosas y muy crueles”. Es ciertamente desagradable, pero, por desgracia, creo que también resulta bastante verdadera. La traigo a colación por una serie de ideas que borbotan en la marmita de mi sesera desde que Pablo Escudero me preguntó el otro día por email qué me parece el asunto de la vivienda y el desahucio de Maricarmen. Ya he contestado a mi amigo (quien, por cierto, acaba de publicar libro: “La culpa de todo la tiene Gordon Lish”) pero voy a tratar de aclarar aquí mi posición, y luego explicaré la relación que establezco con la frase de Céline.

Soy más de izquierdas que de derechas. Suelo describirme como socialdemócrata liberal, y me exaspera el obsceno desprecio de la derecha hacia el sufrimiento de los débiles. Si acepto el capitalismo, lo hago con el mismo entusiasmo con el que asumo las necesidades corporales. Sin embargo, le decía a Pablo en mi respuesta que estos últimos días no llego a discernir si me repugna más la inmoral y cínica indiferencia de la derecha o la campaña de manipulación de la izquierda, aprovechando la desgracia (por cierto, matizable) de esta buena señora. Tengo ganas, eso sí, de ver a Yolanda Díaz bajarse del coche oficial en el que viaja en compañía de Sánchez con un martillo, para romper el parabrisas. Pero eso me pasa por mi inclinación morbosa a las ficciones absurdas. Esta vendría a ser mi “posición oficial”, si yo adoptase tales posiciones.

Pero profundicemos un poco más. ¿Hay un problema con la vivienda? Ciertamente, lo hay. ¿Deben el Gobierno y las autonomías hacer algo para solucionarlo? Sin duda, deben. ¿Vivimos en una época de horrible sufrimiento y penuria? Fffffff… no, francamente, no lo creo. Mirad, soy bastante mayor, y recuerdo que cuando yo tenía la edad de mi hijo –a quien pronto afectará el dichoso problema del alquiler- en España había una tasa de paro del 21 %, la heroína sembraba cadáveres apergaminados y con las venas ennegrecidas junto a las vías del tren o debajo de los puentes, y el terrorismo esparcía pedazos de carne infantil entre los escombros de Hipercor o los de alguna casa cuartel. Creo que esa época fue, en general, un poco peor. Ahora mismo, en Europa, hay cuatro jinetes que ya no cabalgan: la muerte cercana (la expectativa de vida está en máximos), el dolor físico constante (hay fármacos y sedantes), el hambre y el miedo provocado por la violencia. Existe la ansiedad, eso sí, que es el miedo de baja intensidad sostenido en el tiempo. Y también hay mucha frustración y tristeza. ¿Cuál es mi tesis? La resumiría así. La gente sufre, pero se trata de un sordo sufrimiento emocional; no físico ni demasiado agudo. Es el sufrimiento de la falta de fe, de propósito y de sentido. Un sufrimiento, digamos, confortable. Y el confort no estimula la inteligencia. Tampoco lo hace la tristeza, claro. Sin entusiasmo, la creatividad muere. Corolario: vivimos en una sociedad infeliz y estúpida en la que (entre otros muchos) nos enfrentamos, sí, a un grave  problema habitacional. Pero me temo que todavía tendrían que sucedernos  muchas cosas y muy crueles para que nuestros cerebros se pusieran en movimiento.

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