¿Por qué esa fijación de Broncano por el sexo? ¿Por qué esa obsesión por hacer público lo privado? Para responder a estas cuestiones, debemos partir de dos datos fundamentales. La generación de Broncano ha sido la última que ha oído relatos en casa, contados por sus mayores, a diferencia de los veinteañeros de ahora, que se han criado con el porno online, las redes sociales y la Play. Por otra parte, la de Broncano es la generación millennial (la de Podemos), nacida y criada en plena ola progre/libertaria, la cual llegó a España con unos 20 años de retraso. El relato que oyeron de niños puede resumirse básicamente así: había una vez un régimen paradisíaco, La República, en el que todo el mundo tenía una media de 17 orgasmos diarios, las leyes se cumplían sin la más mínima coerción, y de las piedras brotaban ríos de hidromiel. Pero entonces llegó un Gólem fabricado por Hitler en sus factorías secretas, llamado Franco, que arruinó la felicidad de todes con su represión. Y sobre todo, su felicidad sexual.
Cabe recordar que el amor libre fue bandera del movimiento hippie en los 60, pero ese tsunami no llegó a la Iberia profunda hasta bien entrados los 80: “póntelo, pónselo”. En el resto del mundo, las ideas sobre libertad sexual fueron desarrolladas por la French-Theory, el freudomarxismo y por algunos antropólogos como Margaret Mead. Esta última se fue de acampada a las islas del Pacífico y creyó encontrar allí un paraíso incontaminado de libertad sexual. Naturalmente, como demostraron más tarde otros investigadores, todo era un camelo, una alucinación rousseauniana de una señora bisexual con ligeros problemas de lubricación. Irenäus Eibl-Eibesfeldt lo dejó bien claro en su monumental Manual de etología humana: “El pudor sexual es una característica universal”. En realidad, ese sueño de felicidad orgásmica ilimitada ya había sido negado con melancólica ironía por Mallarmé: “La carne es triste, ¡ay!, y he leído todos los libros”. En los 90, Houellebecq desarrolló el tema con minuciosidad de entomólogo.
El caso es que ahora sabemos que Pedro Sánchez no folla, sino que hace el amor. Tampoco ha socavado la legalidad con la amnistía ni ha tolerado la corrupción, claro: se limita a no coartar la libertad de sus amigos puteros e indepes de ser lo que son. También sabemos que a Irene Montero le gusta que le coman bien el coño y que Rufián no descarta que ella misma o Pablo Iglesias le metan bien la lengua en el ojete (¿a culo lavado?) mientras Ione Belarra le mesa los cojones y le hace una paja obligándolo a eyacular en un calcetín. Todo esto es indudablemente muy divertido, claro. Pero hay un pequeño problema. Acaba de aparecer en escena una generación para la que hablar de libertad sexual es un sarcasmo semejante a hablarles de respirar a los habitantes de una ciudad tan contaminada como Bombay. Dan por hecho que tienen toda la libertad de respirar cuanto les dé la gana, por supuesto, pero saben que sólo van a respirar suciedad.
Esa generación no ha oído relatos de ninguna clase en su casa, porque sus padres estaban demasiado ocupados en sobrevivir a su depresión laboral y a sus relaciones personales fallidas. Así que los relatos se los han contado otros en las RRSS: la ultraderecha. Y ahora, el PP, que es una máquina de corrupción ligeramente más potente que la del PSOE, sacará rédito electoral de su indigencia y de su ignorancia.


