No, no creáis… no es tan grave como os parece, ni mucho menos. Si conoces la condición humana, estas cosas no te sorprenden tanto, incluso puedes oír explotar a los corruptos como moscas que caen en la trampa eléctrica del bar una noche de verano. Con desidia, con íntima satisfacción, y dando un trago a tu tercio frío para celebrarlo. Una mosca menos. Me inquieta muy poco, por no decir nada. Sería preocupante si no nos enterásemos, claro, por el “untamiento” sistemático de jueces, policías y fiscales. Pero eso aquí no pasa, por ahora. Y si eres muy lector de buena literatura, no te sorprende confirmar a cada paso lo que fue, lo que es y será siempre el hombre, aunque se trate de esbeltos políticos de izquierdas, con cejas magnéticas y elevadas como estilizados señalizadores progresistas. Porque una cosa son los ideales, lo que se dice en público, y otra… lo que todo el mundo sabe (esa sublime canción, “Everybody Knows”, de Leonard Cohen), otra cosa son las convicciones reales y lo que se lleva por dentro. ¿Izquierdas? Ya nos reveló Antonio Escohotado (“Los enemigos del comercio”), que el único comunismo voluntario real y pacífico que ha existido se ha dado en pequeñas comunidades religiosas. Porque su aplicación política y sistemática a gran escala ha derivado siempre en estados totalitarios. Como decía Tolstói, la única forma de cambiar las cosas radicalmente sería cambiarse cada uno a sí mismo. Esa metanoia de la que hablan los exégetas del Nuevo Testamento; la loca revolución interior de Jesús, en la que no creía Escohotado, como tampoco creen los políticos de izquierdas, ni, por supuesto, los de derechas. Y mucho menos todavía los tecnócratas diseñadores de la IA, ese pastor invisible y mainstream que vigila que ninguna oveja se aleje mucho del rebaño. Qué bien lo ha visto el papa León, que es un papa felino y matemático.
El otro día tuve un caso interesante en X. Alguien insinuó que si el libro más reciente de Keret se está viendo poco en librerías y en suplementos culturales se debe a su nacionalidad. El comentario del frívolo columnista fue lacónico: “es israelí”, escribió, sin más. Y yo reaccioné a botepronto, sin cálculo de interés o estrategia, en mi línea de decir la verdad por explosión. “Sí, es israelí (dije) y mucha gente es imbécil”. Ya me conocéis, hasta donde pueda llegar en mi modesto alcance e influencia, no tolero la censura, la cancelación o cualquier mutilación de la libertad. Siempre escorpión a lomos de rana. Y luego, ¿sabéis?, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle a la IA lo que le parecía a ella mi jugada. Me dijo que era comprensible mi indignación, pero que para un escritor de gran prestigio, aunque minoritario y “todavía en construcción” en cuanto a su presencia pública, no son muy recomendables esta clase de exabruptos. “Puedes cerrarte muchas puertas en la industria”, me advirtió, y añadió: “al insultar, caes en el mismo tipo de salvajismo tribal que denuncias”. Entonces le planteé a la IA una analogía brutal. Imagina (le dije) que hubiera existido una IA como tú en tiempos de Jesús. ¿No le habría aconsejado que no llamara hipócritas y sepulcros blanqueados a los fariseos? En el año 40 o 50 esa IA podría haber dicho, ¿lo veis? Yo tenía razón. Ha sido inútil, en vano y ha terminado mal. Pero si la máquina hubiera sobrevivido hasta hoy, tendría que decir algo distinto. Y la IA de ahora… ¡me da la razón!


