Corruptio Optimi Pessima

por Rafael Balanzá

No, no creáis… no es tan grave como os parece, ni mucho menos. Si conoces la condición humana, estas cosas no te sorprenden tanto, incluso puedes oír explotar a los corruptos como moscas que caen en la trampa eléctrica del bar una noche de verano. Con desidia, con íntima satisfacción, y dando un trago a tu tercio frío para celebrarlo. Una mosca menos. Me inquieta muy poco, por no decir nada. Sería preocupante si no nos enterásemos, claro, por el “untamiento” sistemático de jueces, policías y fiscales. Pero eso aquí no pasa, por ahora. Y si eres muy lector de buena literatura, no te sorprende confirmar a cada paso lo que fue, lo que es y será siempre el hombre, aunque se trate de esbeltos políticos de izquierdas, con cejas magnéticas y elevadas como estilizados señalizadores progresistas. Porque una cosa son los ideales, lo que se dice en público, y otra… lo que todo el mundo sabe (esa sublime canción, “Everybody Knows”, de Leonard Cohen), otra cosa son las convicciones reales y lo que se lleva por dentro. ¿Izquierdas? Ya nos reveló Antonio Escohotado (“Los enemigos del comercio”), que el único comunismo voluntario real y pacífico que ha existido se ha dado en pequeñas comunidades religiosas. Porque su aplicación política y sistemática a gran escala ha derivado siempre en estados totalitarios. Como decía Tolstói, la única forma de cambiar las cosas radicalmente sería cambiarse cada uno a sí mismo. Esa metanoia de la que hablan los exégetas del Nuevo Testamento; la loca revolución interior de Jesús, en la que no creía Escohotado, como tampoco creen los políticos de izquierdas, ni, por supuesto, los de derechas. Y mucho menos todavía los tecnócratas diseñadores de la IA, ese pastor invisible y mainstream que vigila que ninguna oveja se aleje mucho del rebaño. Qué bien lo ha visto el papa León, que es un papa felino y matemático.

El otro día tuve un caso interesante en X. Alguien insinuó que si el libro más reciente de Keret se está viendo poco en librerías y en suplementos culturales se debe a su nacionalidad. El comentario del frívolo columnista fue lacónico: “es israelí”, escribió, sin más. Y yo reaccioné a botepronto, sin cálculo de interés o estrategia, en mi línea de decir la verdad por explosión. “Sí, es israelí (dije) y mucha gente es imbécil”. Ya me conocéis, hasta donde pueda llegar en mi modesto alcance e influencia, no tolero la censura, la cancelación o cualquier mutilación de la libertad. Siempre escorpión a lomos de rana.  Y luego, ¿sabéis?, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle a la IA lo que le parecía a ella mi jugada. Me dijo que era comprensible mi indignación, pero que para un escritor de gran  prestigio, aunque minoritario y “todavía en construcción” en cuanto a su presencia pública, no son muy recomendables esta clase de exabruptos. “Puedes cerrarte muchas puertas en la industria”, me advirtió, y añadió: “al insultar, caes en el mismo tipo de salvajismo tribal que denuncias”. Entonces le planteé a la IA una analogía brutal. Imagina (le dije) que hubiera existido una IA como tú en tiempos de Jesús. ¿No le habría aconsejado que no llamara hipócritas y sepulcros blanqueados a los fariseos? En el año 40 o 50 esa IA podría haber dicho, ¿lo veis? Yo tenía razón. Ha sido inútil, en vano y ha terminado mal. Pero si la máquina hubiera sobrevivido hasta hoy, tendría que decir algo distinto. Y la IA de ahora… ¡me da la razón!

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